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El PCA en el mundo de los trabajadores

Hernán Camarero - Janeiro 2006
 

En esta ponencia queremos explorar la actuación del Partido Comunista argentino en el mundo de los trabajadores durante las décadas de 1920 y 1930 [1]. Explicitemos la relevancia del tema. El comunismo desarrolló una práctica militante decisiva en la historia social, política y cultural de la clase obrera preperonista, a la que coadyuvó a constituir como sujeto colectivo. Hasta el golpe militar de 1943 y la emergencia del populismo, el PC experimentó un proceso de fortalecimiento imposible de subestimar: agrupó a miles de activistas, montó una densa red de agitación y propaganda, constituyó múltiples instituciones socio-culturales en el seno de la clase trabajadora, lideró conflictos gremiales trascendentales, y se convirtió en la fuerza política de mayor expansión en el proletariado industrial, dentro del cual participó en la fundación y dirección de algunos de los sindicatos únicos por rama más importantes.

1. ¿Cuánto y cómo ha sido indagado este fenómeno? Ubicamos, en primer lugar, el campo de la “historia oficial” comunista, definida por una tónica propagandística y un estilo pedagógico en su exposición que desalentó todo carácter reflexivo en el tratamiento del tema [2]. Proveyeron de cierta información básica, pero con un criterio de selección/manipulación de las fuentes que siempre buscó la justificación de las distintas políticas sostenidas por la dirección partidaria histórica (en particular, la dupla Codovilla-Ghioldi) [3]. En todos estos textos se brindaron elementos para demostrar una certeza: que hasta 1945 el comunismo había alcanzado una influencia de masas en la clase trabajadora argentina. La tosquedad de la mayor parte de esta literatura y las vicisitudes del partido posteriores a la irrupción del peronismo fueron desacreditando aquella convicción. A ello también contribuyó la difusión que adquirieron, desde los años cincuenta y sesenta, una serie de “contra-historias oficiales”, de cuño nacional-populista de izquierda, también escritas como instrumentos de un combate político [4]. A partir de una labor de investigación endeble, estos ensayos argumentaron que la presencia comunista en el movimiento obrero en las décadas de 1920-1940 fue insignificante o políticamente improductiva, debido a la impronta “antinacional” del PC, un partido que habría comprendido mejor al inmigrante y al pequeño burgués que a la joven camada de trabajadores nativos. A este “vicio de origen” se habrían agregado los “errores” en la aplicación de sus orientaciones estratégicas: primero, la línea ultraizquierdista de clase contra clase y, desde 1935, la política del frente popular, cuando el PC habría impuesto al movimiento obrero una táctica de “tregua laboral”, en función del acuerdo con la “burguesía progresista”. Esta “traición” a los trabajadores habría provocado el repudio de éstos al comunismo, dejándolos en un “vacío de representación” que, luego, con toda legitimidad sería llenado por el peronismo. Este diagnóstico que postulaba la irrelevancia comunista entre los trabajadores que se multiplicaban al compás del proceso de industrialización por sustitución de importaciones, diseñado para otorgar justificación histórica a la emergencia del peronismo, terminaría empalmando con algunos planteos que, hacia la misma época, presentaba la incipiente reflexión sociológica promovida por Germani, carente de toda empatía con el fenómeno populista [5]. Allí se presentaba a la Argentina industrial emergente en los años veinte y treinta como escenario de un corte abrupto entre una “vieja” y una “nueva” clase obrera, en donde la primera (en su mayoría descendiente de inmigración europea) aparecía “naturalmente” inclinada a ideologías “de clase”, portaba un carácter autónomo y poseía una extensa experiencia industrial, urbana, política y sindical, y la segunda (proveniente de una migración interna desde las provincias rurales) se mostraba heterónoma y privada de aquella experiencia. Por estas razones, estos nuevos contingentes laborales habrían sido totalmente esquivos a los partidos de clase, como el PC y el PS, y se habrían convertido en “masa en disponibilidad” para el ejercicio de proyectos autoritarios y demagógicos como el que practicaría Perón desde 1943. En suma, tanto en la visión nacional-populista como en la “germaniana”, sea porque Perón opera sobre un “vacío de representación” o porque actúa sobre una “masa en disponibilidad”, queda “teóricamente” imposibilitado el avance que “históricamente” los comunistas sí habían logrado en el mundo de los trabajadores entre 1925-1943.

Desde fines de los años sesenta, como producto de una importante discusión de sociología histórica, varios estudios fueron contestando aquellas visiones convergentes, erosionando los contornos de la supuesta antinomia absoluta entre “vieja/nueva” clase obrera, resignificando los orígenes del peronismo y redescubriendo la inserción del comunismo en el movimiento obrero [6]. Arribaron a una conclusión bifronte y novedosa: a) la “vieja” clase obrera y el sindicalismo aportaron decisivamente a la conformación del peronismo (sin negar el fuerte respaldo que éste concitó entre los nuevos componentes del proletariado fabril); b) desde una década y media antes de la emergencia de aquel movimiento político, importantes sectores del nuevo proletariado ya venían siendo representados por el comunismo, un actor tradicionalmente concebido como de la “vieja” clase obrera. De este modo, consideraron como un hecho histórico la contribución del PC al desarrollo de un movimiento sindical moderno durante las décadas de 1930-1940, dejando pendiente el desafío de rastrear las causas por las cuales dicho partido había sido fagocitado con la emergencia del populismo. José Aricó se preocupó explícitamente por retomar estas cuestiones, aunque sólo alcanzó a elaborar un breve ensayo de carácter proyectivo, en donde diseñó algunas hipótesis que permitiesen entender tanto la creciente inserción del comunismo en el movimiento obrero desde principios de los años treinta como la posterior erosión de ésta [7]. Su interpretación, si bien se distanció en varios aspectos de la construida por la visión nacional-populista, terminó abrevando en las mismas aguas que ésta, pues remite a causas esencialmente endógenas, vinculadas a la estrategia política comunista. Según Aricó, el PC alcanzó una influencia sindical de masas en los años treinta y cuarenta, pero no logró traducir ésta a un nivel político-ideológico, ganando una auténtica posición hegemónica entre los trabajadores (aunque hasta 1943 parecía la corriente en mejores condiciones de lograr tal objetivo), pues la orientación del frente popular habría ido alejando al partido de su interés por las reivindicaciones obreras mínimas y la autonomía sindical en aras de un deseable acuerdo con sectores de la burguesía potencialmente integrantes del bloque aliado antifascista. Por otra parte, en las investigaciones de las dos últimas décadas que abordaron globalmente al movimiento obrero preperonista, se hizo frecuente el señalamiento de la inserción que allí había logrado el PC, pero alcanzaron a describir sólo las tácticas que el partido desplegó en las instancias directivas del sindicalismo [8]. Finalmente, algunas de las ocasiones en que actuó el activismo comunista en el mundo laboral fueron analizadas en una serie de estudios recientes que tuvieron como objetivo indagar en procesos históricos en los que aquella militancia tuvo un papel decisivo (como la organización de conflictos y gremios en los sectores textil, metalúrgico, construcción y carne) [9]

El balance que nos arroja este recorrido historiográfico evidencia que la experiencia comunista en la clase obrera antes del peronismo es un tema aún deficientemente explorado (tanto descriptiva como analíticamente), sobre el que se ha ejercido un pobre relevamiento empírico y se han brindado escasas explicaciones rigurosas. Con el objetivo de superar estas falencias, decidimos encarar un impostergable trabajo de archivo, que nos condujo al examen de un conjunto de fuentes primarias que habían sido poco transitadas o eran sencillamente desconocidas por la bibliografía, y al que, desde hace un lustro, es posible acceder como en ningún otro momento de la historia [10].

2. A partir del análisis de estas fuentes nos surgieron nuevas reflexiones e hipótesis acerca del problema en cuestión. Sólo podemos exponer aquí algunas de ellas. Partimos del siguiente planteo: por su composición social y su tipo de actividad, el PC fue, hasta la irrupción del populismo, un partido de bases netamente proletarias, inserto en los barrios y sitios de trabajo, y articulado en torno a una identidad y una cultura obrera. ¿Cuándo, cómo y por qué se produjo esta estrecha vinculación entre comunismo y clase trabajadora preperonista? Es cierto, tal como puntualizó Aricó, que esta relación se vio impulsada desde fines de 1928 cuando el PC adoptó la línea de clase contra clase, propiciada por el VIº Congreso de la Comintern (ya dominada por la burocracia stalinista), en donde se proclamó el inicio de un tercer período que sólo reconocía la existencia de dos campos antagónicos, fascismo/comunismo. Desde entonces, el segundo gobierno de Yrigoyen fue caracterizado como impulsor de políticas fascistizantes y los de Uriburu y Justo como regímenes lisa y llanamente fascistas; términos aproximados cayeron sobre la CGT y los organismos gremiales comandados por socialistas, sindicalistas e, incluso, anarquistas. Con esta concepción, el PC quedó encerrado en una táctica aislacionista y hostil a todas las corrientes políticas y gremiales, y orientado a una perspectiva obrerista y anticapitalista de tono sostenido. Pretendió liderar la resistencia laboral a los nuevos procesos de acumulación industrial y a las iniciativas políticas represivas, y se lanzó a conformar una serie de sindicatos rojos, agrupados en el Comité de Unidad Sindical Clasista (que rivalizó con la USA y la COA, primero, y con la CGT, luego). Este desesperado intento por conquistar a las masas obreras fomentó la proletarización del PC. Sin embargo, creemos que el inicio de este proceso había ocurrió ya antes del giro a esta estrategia ultraizquierdista. Ese fenómeno se inició en 1925, es decir, cuando el partido aún se enmarcaba en la estrategia de frente único postulada por la Comintern, que abría la posibilidad de los comunistas a establecer acuerdos con otras fuerzas obreras o de izquierda para objetivos definidos. Fue en ese año que el partido impuso la estructura celular para el agrupamiento y la acción de sus militantes. Blindados con una ideología finalista (el “marxismo-leninismo”) y una estructura partidaria burocrática de notable eficacia, los militantes comunistas deciden desde entonces insertarse en todas los ámbitos del universo obrero, empezando, claro está, por los sitios de trabajo. Se conciben así mismos como “abriendo picadas en la selva”, encarando una tarea para la cual ni los socialistas ni los sindicalistas ni los anarquistas parecían estar tan bien preparados o predispuestos.

En octubre de 1935 el PC se adecua a la línea del VIIº Congreso de la Comintern e ingresa en otra orientación, la del frente popular. A partir de allí, la estrategia fue la búsqueda de aliados en sectores de la “burguesía progresista”, en función de construir una alianza sociopolítica con objetivos democráticos antifascistas. No obstante, la inserción obrera del comunismo no se interrumpió, sino que se profundizó. A los pocos meses de iniciada dicha orientación, los militantes del PC estuvieron en la dirección de la decisiva huelga de los obreros de la construcción, condujeron la creación de la federación nacional que agruparía a estos últimos (la FONC, en ese entonces, el segundo gremio del país en términos cuantitativos) y decidieron el ingreso de las organizaciones que controlaban a la CGT. A partir de allí, lograron un creciente protagonismo en esa central (alcanzando la codirección con los socialistas en 1939-1943), y lideraron los gremios metalúrgico, textil, construcción, madera, carne, calzado, vestido, entre otros, que reunieron unos 120.000 afiliados (un quinto del total de obreros industriales del país). Este desarrollo comunista logró sortear las políticas estatales que lo enfrentaron: la dura persecución caída sobre sus militantes, que conformaron una lista de cientos de detenidos, torturados y deportados durante los gobiernos de Uriburu y Justo; y las trabas que el DNT puso para negociar con los sindicatos controlados por ese partido. Resulta mitológico afirmar que hacia inicios de los años ‘40 el PC aplicó una “tregua laboral”, pues fueron los gremios orientados por los comunistas los que encabezaron las mayores huelgas (en los gremios metalúrgico, de la construcción, de la madera y otros). Al mismo tiempo, los comunistas mostraron eficacia en las tareas trazadas por el movimiento obrero en la época: impulsar la movilización detrás de reivindicaciones económico-sociales mínimas (aumentos de salarios, lucha contra los despidos, mejoras en las condiciones laborales, etc.); organizar y unificar a estos trabajadores en sindicatos únicos por rama de actividad para potenciar su capacidad confrontativa; y desarrollar audazmente una estrategia de presión/negociación sobre los poderes Ejecutivo y Legislativo en vistas a la obtención de conquistas. En definitiva, coadyuvaron decisivamente a la creación de nuevas y sólidas estructuras sindicales, dotadas de mayores complejidad, magnitud y profesionalidad, y con estrategias que fueron superando la mera acción directa. Por eso es que todo análisis del surgimiento del sindicalismo industrial y moderno debe necesariamente explorar la intervención del comunismo, pues fue el actor político que orientó mayoritariamente aquel proceso. Finalmente, creemos que la clave para explicar el eclipse del PC en el movimiento obrero y la conversión mayoritaria de este último al peronismo no residió en eventuales errores en la orientación política o en un esencialismo antinacional de ese partido, ni en un cambio en la composición social de la clase obrera que habría ido erosionando la influencia de las viejas organizaciones de clase, sino en la fuerza misma con la que surgió el populismo, es decir, en el desacople entre el crecimiento rápido y exponencial de la alianza entre un sector del sindicalismo y la elite militar-estatal encabezada por Perón, y el desarrollo más lento y gradual que venía experimentando el avance comunista entre los trabajadores. Antes que agotarse en su propia dinámica por limitaciones o equívocos estratégicos, es decir, antes que fenecer de “muerte natural”, la influencia del comunismo en el movimiento obrero fue obturada, reprimida y finalmente extirpada por el poder peronista emergente.

En el próximo tramo de esta exposición realizamos algunas descripciones y análisis en torno a nuestro objeto de estudio con tres recortes, de carácter temporal, espacial y temático. 1) Sólo consideramos el período 1925-1935, lo que nos permitirá dar cuenta de la primera implantación orgánica de los comunistas en la clase obrera urbana, pues, como ya hemos adelantado, no puede entenderse el crecimiento del PC pos 1935 sin el desembarco que el partido realiza en aquel medio social desde diez años antes. 2) Nos detenemos en el Area Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). Las razones son evidentes: se trataba, según censos de 1935-1936, de la aglomeración más poblada del país (3.500.000 de habitantes), y del principal centro fabril (concentrando la gran mayoría de los 40.600 establecimientos existentes, y de los 470.000 obreros empleados en ellos). 3) Dado que el análisis del papel del PC en las cuestiones referentes a la organización y conflictividad a nivel sindical ha sido el tema más tratado por la bibliografía, decidimos abordar el que aparece completamente ausente en la misma: el proceso de inserción de base de ese partido en el seno del proletariado. Para ello, seleccionamos dos tópicos muy distintos: la organización de células y periódicos de empresas; y la creación de ámbitos de sociabilidad cultural que hacían al uso del tiempo libre conquistado por la clase obrera.

3. Como ya hemos señalado, desde mediados de 1925 los comunistas impusieron una política de captación masiva de obreros a sus filas. Tenemos datos precisos sobre la incorporación de miembros al PC de la Capital Federal, que se hizo muy intensa a partir de ese año [11]. Hacia agosto de 1926 dicha regional contaba con unos 700 cuadros militantes (algo menos de la mitad de los de todo el país). Midiendo su fecha de ingreso, se comprueba que el 55% de los mismos había sido reclutado en el año y medio anterior, y que su componente obrero había aumentado de manera perceptible. Hasta junio de 1925 el 55% de los militantes comunistas de la ciudad eran obreros; el 45% restante estaba constituido por empleados, maestros, comerciantes, trabajadores independientes, estudiantes y otros. Para agosto de 1926, luego de la campaña de “reclutamiento proletario”, las cifras habían variado mucho: el porcentaje de operarios era del 77% y el de los empleados era del 13%, lo que arrojaba un total de un 90% de trabajadores asalariados. Casi el 60% de los militantes comunistas capitalinos pertenecían a siete ramas industriales que, en orden de importancia, eran: metalúrgicos, de la madera, albañiles, sastres, gráficos, textiles y del calzado.

Este proceso fue mediado por una serie de importantes cambios organizativos que encarados por el PC. Hubo una mutación en su armazón interna y una precisión mayor de las características que debía asumir su militancia. Todo se colocaba en sintonía con el objetivo de “bolchevizar” al partido, es decir, ponerlo bajo los cánones pontificados por la Comintern. La transformación que nos interesa señalar es la adopción de la estructura celular, consistente en el reagrupamiento de los afiliados activos en un organismo de base, denominado célula, que podía reunir entre 3 y 20 individuos. La célula sería entendida de allí en más como la unidad fundamental y reproductora del PC, la base de su funcionamiento y el puente de vinculación entre el partido y la clase obrera. La incorporación a las células fue lograda progresivamente, mientras se iba abandonando la organización que el partido había heredado de la tradición socialista de agrupar a los afiliados en Centros barriales o locales. Se consideraba que esta nueva estructura permitiría una colaboración más estrecha entre la masa de afiliados y la dirección, que aumentaría la intensidad y el compromiso de los afiliados, y que se posibilitaría una mayor eficiencia en el control de sus actividades. El objetivo principal era constituir células de empresa, es decir, conformadas por todos los que trabajaban en la misma planta. Si en un taller no existía una concentración de militantes que permitiera la organización de una célula propia, aquellos se agrupaban mezclados en las células mixtas. Existían además las células de calle, conformadas por vecinos, a las que se les asignaba un radio determinado de acción en función de las fábricas adonde efectuar la agitación. A las células que se dedicaban a apoyar a otra de una empresa, se la denominará luego como de bloqueo, constituida por vecinos del barrio en el que se hallaba ubicado el establecimiento. Hacia abril de 1927 la organización celular estaba completamente instaurada en la Capital, parcialmente en la provincia de Bs. As., algo menos en las ciudades de Rosario, Córdoba y Tucumán, y en sus inicios en el resto del país [12]. Para octubre de ese año, otro informe indica que en el PC metropolitano y de ciertos partidos del GBA había 95 células, que agrupaban a casi 800 militantes [13]. La inserción de estos organismos en los medios proletarios fue encarada en forma metódica: “La mayoría de las células han hecho el censo industrial de su radio, es decir, especificar claramente las casas, negocios, industrias, talleres, etc., que tienen instalados sus lugares de trabajo en cada radio; saber la cantidad de obreros, obreras y menores que desempeñan sus funciones en cada una, y conocer la situación económica de los mismos. Averiguar el estado en que se encuentra el taller o la fábrica; si hay defectos en el trabajo, falta de condiciones de higiene, horario, salarios y muchos otros datos inherentes a la actividad de los obreros. Hecho esto se tomaba a la fábrica que estuviera en peores condiciones, buscando con preferencia donde trabajaran afiliados o simpatizantes que pudieran proporcionar los datos necesarios, y comenzar en forma la agitación dentro del establecimiento” [14]. No importa de qué año se trate, la orientación era invariable: “Abusos patronales, compadradas del capataz, poco salario, desocupación. Son temas que las células comunistas deben utilizar para correspondencias y conferencias a la salida del taller” [15]. La acción de las células revestía un carácter absolutamente clandestino, y la concepción que se hallaba en la constitución de cada una de ellas era la de una infiltración en terreno “enemigo", el de la patronal. Son múltiples las referencias al sistemático despido de comunistas de las fábricas. El balance que se hacía de estos hechos era invariable: “conviene que esto sirva de enseñanza a los comunistas para que sepan efectuar mejor el trabajo en lo sucesivo, haciéndolo lo más ilegal posible”[16].

La actividad de cada célula del AMBA era controlaba permanentemente por el Comité Local, que procuraba capacitar a los obreros para comportarse eficazmente en esos organismos y acrecentar sus responsabilidades. Se castigaba al que continuaba en la célula anterior a su cambio de trabajo y se prohibía a los afiliados a que cambiaran de ocupación, oficio o domicilio sin previa comunicación a dicho Comité. El PC se comportaba como una maquinaria que pautaba el funcionamiento de cada uno de sus engranajes y ejercía un control absoluto de todos sus integrantes. En este contexto, ser obrero comunista era una opción de vida que requería de mucho esfuerzo, dedicación, e incluso, coraje. Uno de los elementos que nos muestra lo abnegado de esta militancia es el sostenimiento económico que esta debía hacer de la organización a través del pago de contribuciones. La célula estaba obligada a exigirle a cada afiliado que tuviera el carnet con las cuotas al día. Los montos variaban en función de la situación económica del afiliado, pero también incluía una escala de valoraciones que “castigaba” al no obrero o no sindicalizado. Es claro que todos los militantes no podían cumplir con estos ritmos y exigencias de actividad. Por eso, la fluctuación de los inscritos era muy alta. Hay varias referencias a un ingreso y egreso perpetuo de miembros. Las “salidas” muchas veces no eran voluntarias, sino que era la propia organización la que las fomentaba, y hacía una selección rigurosa, tamizando el padrón de afiliados en forma permanente.

La implantación de las células comunistas desde mediados de la década de 1920 reflejó las propias características de la industrialización en el AMBA, es decir, la existencia de un parque fabril desplegado sobre crecientes niveles de dispersión geográfica y de disparidad en las escalas y complejidad productiva de las empresas, que incluían algunas grandes y tecnificadas unidades de producción y comercialización, y muchos talleres medianos y pequeños, con capital y personal reducido, tecnología poco avanzada, a veces trabajando a un nivel casi artesanal. Sin embargo, aún respetando esta dispersión, la inserción comunista resultó ser especialmente marcada en el cordón sur de Buenos Aires, cercano al Riachuelo, que constituía uno de los ámbitos claves de ubicación del proletariado fabril, desde los puntos de vista laboral y habitacional: los barrios de La Boca, Barracas, N. Pompeya y P. Patricios; y, dentro del GBA, Avellaneda. Pero eran divisibles otras tres áreas de concentración industrial, que también presentaban ventajas para la localización de las plantas: Villa Crespo y zonas de Palermo; Balvanera, con una vieja tradición industrial; y ciertos perímetros de San Nicolás, Monserrat, San Telmo y Constitución. El desarrollo fabril tampoco estaba ausente de la Chacarita y de los barrios que se le desprendían al oeste: Paternal, Villa del Parque y Villa Urquiza. En muchas fábricas y talleres de todos estos vecindarios también hubo una importante presencia comunista. No fue un hecho casual que el PC ubicara en los lugares antes mencionados la gran mayoría de sus locales, bibliotecas y clubes de fútbol. Por otra parte, las células se implantaron, durante estos diez años, en firmas de casi todos las ramas industriales (metalúrgica, textil, carne, madera y mueble, gráfica, alimentación y bebidas, calzado, tabaco, bolsas, electricidad, confección y vestido, farmacología, química, cuero), en algunas del transporte (especialmente en el sector ferroviario), y, en menor medida, del comercio y los servicios. El rubro en donde la penetración comunista tuvo mayor éxito fue el metalúrgico: casi un 14% del total de miembros del PC porteño en 1926 provenían de ese sector. Durante la segunda mitad de los años veinte, el PC se había implantado en más de 40 establecimientos de esa rama, de múltiples dimensiones y capital de origen (muchos talleres pequeños, varios medianos, como SIAM y la Cromo Hojalatería de Bunge y Born, y algunos grandes, como Klöckner). Así mismo, desde los años ’20, el PC contó con unos 50 cuadros militantes en las fábricas textiles, como las de Campomar (en Belgrano y Valentín Alsina), una de las mayores firmas de ese rubro, o la Fábrica Argentina de Alpargatas (en Barracas). La actividad comunista también fue significativa a partir de los primeros años veinte en los frigoríficos Swift y Armour (Berisso), Anglo y Wilson (Avellaneda) y Smithfield y Anglo (Zárate).

En la estructuración y desarrollo de las células fabriles del PC resultaron claves los periódicos por empresa. Empezaron a aparecer desde 1926, y hacia la segunda mitad de la década de 1930 superaban el centenar, sólo en el AMBA. Hasta el momento, dada la imposibilidad de acceder a su consulta, nunca habían sido analizados por ningún investigador. Sin embargo, su utilidad es inmensa porque nos permite un examen detallado del modo como se produjo la inserción concreta del comunismo en los sitios de trabajo. El objetivo que estos órganos de prensa mejor parecieron cumplir fue el agitativo. Su tirada variaba, lógicamente de acuerdo con la envergadura de la planta fabril, y su periodicidad era, generalmente, de carácter mensual. La mayor parte de ellos se difundieron en empresas y talleres metalúrgicos, textiles y ferroviarios; también existieron en establecimientos gráficos, de alimentación, curtiembres, de calzado, de la madera, farmacias y droguerías, vitivinícolas y frigoríficos, entre otros. Los periódicos eran de un tamaño pequeño y en su gran mayoría consistían en una simple hoja mimeografiada a ambos lados. En esas dos páginas había pocas notas, algunos recuadros y una ilustración. Estos periódicos eran, como las células, clandestinos, tanto en la esfera de su elaboración como en la de su distribución. Ninguna nota aparecía firmada con nombre, sino con una anónima referencia: “un obrero”, “un trabajador organizado”, “una explotada”. No se mencionaba el nombre de ningún trabajador, activista o militante; sí el de capataces, gerentes o dueños, para descargar sobre ellos las más gruesas acusaciones, insultos o amenazas. Aquí los sentimientos de pertenencia y exclusión que definían una identidad proletaria en oposición a la de los capitalistas y sus “servidores” estaban presentes de modo cristalino. ¿Cómo llegaban estos periódicos a manos de los obreros, en medio de la represión patronal y/o estatal? Una forma era la distribución en las puertas de la empresa por miembros de las células de bloqueo. Probablemente, los comunistas hayan sido los que iniciaron, desde mediados de los años veinte, ese nuevo habito de la militancia proletaria: el de arengar, en el pórtico de la fábrica, a los empleados que entraban y salían. El otro modo era que los propios operarios comunistas del establecimiento los repartiesen a sus compañeros de labor más confiables, en lugares ocultos (como el vestuario o el baño de la planta). La dirección del PC orientaba a que los artículos no fueran muy extensos, o referidos a cuestiones demasiado generales, destacando la necesidad de publicar notas expresivas, con denuncias contundentes acerca de los problemas cotidianos del sitio de trabajo. “Hay que buscar el asunto interesante, la cuestión sensacional de la fábrica, la actitud del capataz, del jefe, del gerente o de aquel que sirva los intereses de los mismos. ¿Que hay un lugar insalubre en la casa, una pared que amenaza derrumbarse, un lugar donde no entra el aire o el sol, servicios malolientes, descuidados, sin limpieza, que el horario es excesivo, el salario pequeño, el trato malo? Muy bien: tómense esos asuntos aislados, uno por uno, y sobre cada uno hágase un artículo conciso, sin ocupar mucho espacio y sin generalizar tampoco. Verán entonces los compañeros como son apreciados por los obreros a quienes va dirigido” [17].

Si realizamos un recorrido por los periódicos, podemos apreciar la característica que define a la identidad obrera: una contraposición entre el “nosotros” proletario y el “ellos” de la clase dominante, de sus representantes y de sus servidores, aquel “mundo de los jefes” al que se refiere Hoggart [18]. A este tema lo vemos reaparecer a cada momento, expresándose en la denuncia a los gestores de la disciplina fabril, y la convocatoria a enfrentarlos: “Lo que más indigna en esta fábrica es la manera brutal y soez con que somos tratados por Don Vicente, el capataz. Cabría preguntarle a ese señor si nos ha confundido a nosotros, obreros que honradamente nos venimos a ganar el pan, con elementos de prostíbulo” [19]. En estos periódicos podemos observar una serie de valores, como la pobreza digna, la valentía, la honradez, la dignidad, el ser portador de justicia, operando a manera de construcciones imaginarias que conforman al “mundo de los obreros”; el atropello, el vocabulario soez, la arbitrariedad, la alcahuetería, la discriminación racial, junto a la explotación, claro está, son las distinciones del mundo de “ellos”, de los jefes y capitalistas. Pero aunque postulaban formar parte de ese mundo proletario, los trabajadores comunistas nunca dejaban de presentarse como porción esclarecida de aquel y de asumirse con una función misionera. Eso le confería a estos periódicos cierto carácter pedagógico. Esta concepción de asumirse como vanguardia de su clase, se autolegitimaba al momento de definir el estado en que se encontraban los trabajadores a los que se dirigían. Los llamados se orientaban siempre en dirección de despertar consciencias adormecidas y convocaban, invariablemente, a comenzar o reiniciar la lucha: “Es necesario que termine esa apatía perniciosa y cobarde que hace que todo lo aguantemos sin una queja” [20]. Los cuestionamientos a la supuesta indolencia de muchos trabajadores, y los llamados a superarla, se repiten en todos estos órganos de prensa. Pero si la apatía del obrero era recriminada, la “traición” era estigmatizada sin contemplaciones. Por ejemplo, los que nunca se plegaban a las huelgas eran apodados como “perros fieles de la patronal” [21]. El “carnero” era retratado como un intruso, un agente del mundo de “ellos” en el mundo de “nosotros”. Al mismo tiempo, los periódicos pretendían convertirse en armas de una lucha por barrer las “falsas conciencias” que amenazaban a los trabajadores. Siempre había un espacio para atacar los principios de colaboración de clases o de confianza en una eventual benignidad de la burguesía: “Mientras un obrero no trate de lesionar los intereses del patrón, vale decir, mientras se deje explotar pacíficamente, la fiesta seguirá en paz, pero el día que los trabajadores se organizan, o lo que es lo mismo, en el momento que no se dejan comer mansamente, aparece tal cual es”[22]. Del mismo modo, se denunciaba las maniobras de la iglesia para atemperar la lucha social y crear los Círculos de Obreros Católicos.

Encontramos un segundo gran aspecto en estos periódicos obreros: el de la crítica a las situaciones laborales que experimentaban los trabajadores en los establecimientos. Estas denuncias aparecían en secciones tituladas “Como nos explotan”, compuestas por notas enviadas por los operarios, en donde se describían las iniquidades de la vida laboral. Los comunistas se mostraban preocupados por montar detrás de cada periódico una red de corresponsales obreros, que permitiera que estos órganos pudieran decir las “verdades que los trabajadores esbozan entre dientes”, ser un canal de la angustia, la furia y los deseos de reaccionar frente a la experiencia laboral. En buena medida, los artículos nos aportan un balance muy preciso de los reclamos que levantaba el movimiento obrero, especialmente el industrial, ante la organización de los procesos de trabajo entre 1925-1935. Algunos convocaban a la lucha para obtener el mejoramiento de los horarios, y por la conquista del “sábado inglés” y la jornada laboral de 8 horas diarias, reivindicaciones que eran presentadas como un apoderamiento, justo y necesario, de tiempo libre para el proletariado. Haciéndose eco de la explicación que Marx hacía en El Capital del modo en que los capitalistas procuraban aumentar la plusvalía absoluta “carcomiendo” tiempo de descanso de los obreros, también era frecuente, especialmente entre los periódicos metalúrgicos y textiles, la denuncia del “hurto” de minutos de los trabajadores, a los que se les estiraba la jornada antes o después del horario establecido. Encontramos un segundo tema en los insistentes llamados a luchar contra la explotación de niños y mujeres. Un tercer ítem es posible ubicar en las denuncias a las malas condiciones de higiene, salud y seguridad en las que se desarrollaban las tareas dentro de las empresas, la falta de botiquines y médicos, la violación de las ordenanzas municipales sobre el tema y los accidentes de trabajo. Otro punto recurrente era el repudio al trabajo a destajo, que aún regían en muchos talleres, pues no estaban totalmente generalizados ni los sistemas tayloristas de medida y valoración del tiempo de labor ni las tareas en cadena con cintas de transporte automáticas. Esta era una denuncia muy frecuente en los periódicos que se editaban entre los metalúrgicos. También se marcaban variados abusos: las multas, con descuento de sueldo, ante errores cometidos por los operarios; las obligaciones a mostrar la cédula de identidad y una fotografía (tomada en una casa designada por la empresa) cada vez que ingresaban a la planta [23]; por mencionar algunos casos. Además, estaban los planteos relacionados con la desocupación y los salarios, que cobraron creciente peso luego de la crisis de 1930. Había toda una serie de artículos vinculados al pedido de aumento en los haberes mínimos, al cumplimiento de las fechas de pago, a lograr el cobro quincenal y a conseguir la equiparación salarial entre operarios y operarias. Otra temática recurrente era el llamado a la organización de los obreros de la planta y a la conformación o fortalecimiento de comisiones internas y sindicatos por oficio o rama, lo que confirma la imágen de que los comunistas arribaban a un escenario industrial en gran medida carente de estructura gremial.

En síntesis, lo que hemos querido mostrar en este punto es cómo, desde mediados de los años veinte, la inmensa mayoría de los militantes del PC provinieron del mundo de los trabajadores industriales y cómo, la aspiración más básica de ese partido, fue su penetración orgánica en los ámbitos fabriles. En función de este objetivo fue que se produjo una reorganización partidaria, específicamente con la creación de las células de empresa, con su red de periódicos, con los que el comunismo procuró acercarse a las necesidades más básicas de los trabajadores. Tengamos en cuenta que para una entidad tan condicionada por planteamientos obreristas, la lucha contra el capital se libraba fundamentalmente, en el puesto de trabajo, o sea, a nivel de las relaciones sociales de producción. Pero hubo otras formas muy diferentes con las que el PC se vinculó a los obreros. Las examinaremos en las páginas que siguen.

4. Durante los años veinte y treinta, aún mantenía su vitalidad el despliegue cultural del PS: más de 400 bibliotecas obreras, centros de estudios, “escuelas libres para trabajadores”, ateneos de divulgación, universidades populares, conjuntos teatrales y musicales, conferencias y visitas a museos, proyecciones cinematográficas, etc. [24] La experiencia cultural comunista durante este período no alcanzó la envergadura que presentó la socialista, pero se orientó más claramente hacia la clase obrera, constituyendo otro de los modos claves con los que el PC se insertó en el mundo de los trabajadores. Veamos sólo dos ejemplos de esto, uno en el campo de la instrucción, el otro en el de la recreación.

Para el primero de los casos, exploremos las “Bibliotecas Obreras” comunistas. Hemos localizado durante estos años la existencia de una treintena de estas instituciones en la zona del AMBA (casi todas ubicadas en los barrios y localidades de mayor presencia proletaria), que generalmente funcionaban al lado de los locales partidarios. Una cifra similar sumaban los de los sindicatos, asociaciones de trabajadores inmigrantes y otros organismos en los que los comunistas tenían una intervención decisiva. Sus nombres, nos remite a un conjunto heterogéneo de “próceres” posibles de reivindicar por las tradiciones marxista o “progresista” (como Engels, K. Liebknecht, R. Luxemburgo, M. Gorki, E. Zola o A. France, F. Ameghino, E. Echeverría) y también a una serie de valores y símbolos ligados a ellas (“Renovación”, “Sol de la Humanidad”, “Día a día más luz”, “Trabajo”, “Antorcha de la Verdad”). En los periódicos obreros impulsados por el partido se instaba a los trabajadores a asociarse a estos centros y en los órganos de carácter interno se planteaba esta tarea como una obligación para todo militante comunista. Como también era frecuente en las que animaban las otras tendencias de izquierda, estas instituciones, además de las tareas formalmente asignadas (la promoción de la lectura y el almacenamiento de libros), realizaban múltiples experiencias de instrucción y sociabilidad cultural: cursos, lecturas comentadas, conferencias, obras de teatro, concursos de poesía, veladas literarias y musicales, visitas a museos, entre otras. Es decir, eran al mismo tiempo ámbitos de erudición y de entretenimiento. Detrás de la actividad de estas instituciones percibimos un eco, pero atemperado y mucho más aggiornado, de aquél propósito que definían a las bibliotecas y centros del PS: el de comportarse como faros para la “elevación cultural y moral” de la clase obrera. Ciertamente, advertimos en las bibliotecas comunistas el intento por irradiar una cultura erudita basada en modelos letrados “clásicos”, pero, al mismo tiempo, encontramos en estos centros una creciente tendencia (mayor aún que la que aparecía en el caso socialista) a realizar concesiones o adaptaciones con respecto a sus fines originarios de ilustración, dejándose llevar hacia actividades sociales mas profanas, como festivales y salidas campestres. Por otra parte, consignemos que el PC logró montar una decena de “escuelas obreras” en la Capital, con un promedio de doscientos alumnos regulares cada una. La mayoría fueron erigidas por trabajadores comunistas judíos y se ubicaron en los barrios de La Paternal y Villa Crespo. Tenían maestros del partido, programas propios, y textos escolares para cada grado, la mayoría escritos en idish. Hubo intentos de agrupar a dichos centros, como el Consejo Escolar Obrero. Pero es evidente que los esfuerzos fueron vanos frente al prestigio y los recursos con que contaba la educación pública, de modo que aquél intento “autonomista”, sin que fuera abandonado, quedó finalmente subsumido por propuestas de reformas de aquel sistema público, para hacerlo más propicio, útil y accesible a los hijos de los trabajadores.

Por otra parte, otro modo de inserción que el PC buscó construir sobre las posibilidades de tiempo libre de los asalariados, en este caso en el terreno más recreativo, fue el generado en el área deportiva. Por considerar que el deporte, dentro de la sociedad capitalista, era un privilegio de clase, por aquellos años el PC promovió la formación de “Clubes Obreros”, por supuesto, basados en una actividad amateur. Si algunas de las prácticas que en este campo desplegó la izquierda han sido brevemente analizadas o aludidas por parte de algunos estudios, la experiencia de los clubes comunistas ha sido completamente ignorada. Comenzaron a surgir en 1923 y para 1926 ya alcanzaban el medio centenar en el ámbito de la Capital y del GBA; otra veintena se desparramaban en otras provincias del país. Sus nombres remitían a la liturgia anticapitalista: un “panteón” en el que aparecen líderes marxistas (“R. Luxemburgo”, “Lenin”); la iconografía del socialismo y la clase obrera mundial (“Hoz y Martillo”, “1º de Mayo”, “Hijos del Pueblo”, “La Internacional”, y todas las conjugaciones posibles de “rojo”); y una serie de valores universales de redención (“Justicia”, “Salud y Fuerza”, “Unión y Trabajo”, “Valor y Verdad”). Estaban mayoritariamente dedicados a la actividad futbolística y, ocasionalmente, al atletismo, el basketball y el ajedrez. También hacían actividades culturales, organizando festivales y conferencias sobre las virtudes del “deporte obrero” en teatros públicos barriales. Como tantos otros de esa época, apenas contaban con recursos materiales y financieros propios, y su vida resultó efímera (entre cinco y siete años), pero realizaron una actividad casi constante y parecieron poder construir ciertos lazos identitarios. Tenían un promedio de medio centenar de socios, quienes podían ser de dos categorías: cadetes o activos. La mayoría alcanzó a conformar varios teams, pero algunos no superaron la categoría de “clubes-equipos”. Sus precarias canchas se ubicaban en esos terrenos urbanos sin edificar que los porteños, durante las primeras décadas del siglo XX, reclamaron y usaron como espacios verdes para la recreación. Estos campos baldíos se encontraban en barrios alejados de sus secretarías (Villa Soldati o Liniers). La distancia entre el lugar de juego y la sede nos sugiere que, aunque siendo expresión de la vida del vecindario en donde estaban insertas estas últimas, estos clubes traspasaban naturalmente los límites barriales y se constituían esencialmente a partir del gremio o el grupo de fábricas a las que pertenecían sus miembros.

Estos clubes obreros comunistas se agruparon desde 1924, o se fueron sumando luego, en una institución madre: la Federación Deportiva Obrera (FDO). Tengamos en cuenta que el PS recién logró constituir una entidad similar, la Confederación Socialista Deportiva, en 1926. La FDO pareció mostrar una actividad más vasta que su símil socialista. Organizaba un campeonato de fútbol de cinco divisiones, en el que intervenían los equipos de los clubes antes nombrados. Tenía su propio reglamento de disciplina, una agrupación de referees y un boletín de informaciones en donde se resumían sus actividades; periódicamente, realizaba congresos nacionales. Llegó a desplegar una actividad tan vasta que La Internacional, el órgano oficial del PC, pasó a tener desde el 1º de mayo de 1925 una sección deportiva diaria en sus páginas, en donde se informaba acerca de los eventos realizados por cada club, se presentaba el “fixture” de encuentros, se comentaba el desarrollo de los diferentes match y se ofrecía la tabla de posiciones de los campeonatos. La mayoría de los clubes de la FDO (y la propia FDO), estaban controlados por el PC, y funcionaban al lado o en los comités barriales del partido, pero había algunos clubes independientes, y en casi todos su composición comunista distaba mucho de ser absoluta, pues al revisarse sus comisiones directivas puede observarse la participación de individuos sin filiación política. Por otra parte, la FDO siempre procuraba desprenderse de la imagen de colateral del PC con la que se la solía asociar, pero sí se jactaban de ser dentro del país, “los únicos propulsores del verdadero deporte: el deporte colectivo, de las masas, al impregnarle el espíritu vivificador de las luchas obreras” [25]. Había aquí un discurso específico respecto a esta actividad social, especialmente en la futbolística. Lo que se hacía era una reivindicación de un deporte rojo y proletario, contraponiéndolo a la mercantilización que habría sufrido bajo el régimen capitalista, en donde el amateurismo perdía espacios frente al avance de la práctica profesional y los jugadores iban encontrando en ella un medio para obtener réditos económicos (recordemos que en 1931 surgió la primera organización profesional, la Liga Argentina de Football, y tres años después la definitiva Asociación del Fútbol Argentino). El PC se enfrentaba a esta perspectiva, levantando la consigna de “¡Contra los clubes empresas! ¡Por el deporte popular y obrero!” [26]. Los comunistas no pudieron proseguir mucho tiempo con esta experiencia. Como tantas otras instituciones socio-culturales y órganos de prensa asociados al PC, la FDO fue formalmente disuelta por la dictadura de Uriburu a fines de 1930. Los clubes terminaron languideciendo en medio de la persecución policial, las torturas y las deportaciones que, en los años siguientes, sufrieron varios de sus miembros.

El examen de todas estas experiencias, en las que pueden detectarse la búsqueda de formas socioculturales autónomas, ancladas en el mundo de los trabajadores, nos conduce a reflexionar en torno a la existencia de una cultura obrera. Habría que explorar si aquella singular cultura popular barrial, reformista, interclasista y mayormente argentinizada, surgida en la Buenos Aires de entreguerras, se convirtió en la única y excluyente de las clases subalternas, y si terminó por evaporar la identidad proletaria y por anular las expresiones de cultura obrera [27]. ¿No es posible reconocer, acaso, una cultura obrera, en la que los comunistas ocuparon un papel, teniendo en cuenta una serie de determinaciones materiales, sociales, políticas o históricas: la presencia en la ciudad de un proletariado industrial numeroso, con muchas demandas insatisfechas, manteniendo niveles fluctuantes pero no inexistentes de movilización y organización, y en donde la incidencia de la extranjería siguió siendo muy alta (más de un tercio de la población, la mayor parte trabajadora)? Podríamos hipotetizar, entonces, que subsistió una cultura de los trabajadores, algunas veces compartiendo un territorio común con aquella cultura popular barrial, pero que nunca perdió su especificidad. ¿Pudieron los comunistas haber conformado una variante dentro de esta cultura proletaria, inclinada a conformar sus propias normas y valores, proclive a recrear rasgos particulares y localizada en ámbitos específicos? No tenemos elementos suficientes para responder afirmativamente, pero es claro que los comunistas manifestaron mucho más explícitamente que el PS una vocación por crear una cultura alternativa a la impulsada por las clases dominantes, al tiempo que expresaron algunos matices a la oferta presentada por el partido de Justo. El principal fue la renuncia a asignarle aquel lugar central que le otorgaban los socialistas a su propuesta pedagógica, erudita y cientificista, clave para su objetivo de incorporar a los trabajadores a la vida cívica y al juego electoral. Esta era una operación que los comunistas reputaban como “reformista”: no sería la pura educación en ciertos valores de la cultura universal ni la obsesión por crear ciudadanos virtuosos, sino la lucha de clases extraparlamentaria y antisistémica, el camino para la liberación de la clase obrera. Las prácticas de socialización cultural debían servir para alimentar ese proceso de autoemancipación, que siempre se resolvía en la lucha política revolucionaria. Nos parece que los trabajadores adherentes al PC absorbieron, y a la vez promovieron, los valores contestatarios y las resonancias utópicas y revolucionarias, que desde fines del siglo XIX ocuparon un sitio en la cultura obrera. Antes que reflejar tendencias conformistas, confiadas en las posibilidades de la integración social y de la movilidad ascendente individual (tal como se analizan en los estudios sobre la cultura popular barrial), las iniciativas comunistas parecían revelar tanto la persistencia de actitudes de resistencia a la explotación y alienación capitalistas que seguían germinando en los viejos y nuevos componentes de la masa laboral, como las dificultades de incorporación social que manifestaban esos miles de trabajadores inmigrantes que continuaban arribando a la metrópoli. El relativo éxito que alcanzó el discurso y la práctica comunista en determinados ambientes proletarios muestra que la “aventura del ascenso social” no parecía estar disponible para un porcentaje de los asalariados. De eso, y de tantas otras cuestiones relacionadas con el mundo de los trabajadores en los años veinte y treinta, permite dar cuenta la experiencia comunista, de la que aquí apenas pretendimos dibujar un perfil.

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Hernán Camarero é pesquisador da Universidade de Buenos Aires (UBA)/Universidade Torcuato Di Tella (UTDT). Esta é a versão inicial de uma investigação mais ampla, para cuja redação o autor se valeu de comentários e críticas feitas pelo prof. Juan Carlos Torre.

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Notas

[1] Mundo de los trabajadores nos resulta una noción amplia y compleja, que permite reconocer las diversas experiencias de la clase obrera: las que aluden a su lucha, en tanto productores y consumidores, por el mejoramiento de sus condiciones materiales de existencia (nivel y calidad de vida definidos por los procesos de trabajo, el salario o la tasa de desempleo, pero también por la alimentación, la vestimenta, la vivienda, la salud o el confort); las que refieren al conflicto y la organización entabladas en el plano sindical, ideológico y político; y las que se entretejen en los ámbitos de sociabilidad vinculados a la instrucción y la recreación (lo que globalmente puede ser entendido como el espacio de la cultura obrera).

[2] Distinguimos en este espacio: las historias “institucionales”, centradas en la descripción de las políticas del PC y en las vicisitudes del aparato partidario (como el Esbozo de Historia del Partido Comunista de la Argentina. Bs. As., Anteo, 1947, editado por su Comité Central); la voluminosa Historia del movimiento sindical (Bs. As., Fundamentos, 1973), del dirigente de los albañiles R. Iscaro, que fue la primera obra que abordó en forma sistemática la presencia del PC en el ámbito gremial; y las biografías y autobiografías de los militantes obreros J. Peter, J. Manzanelli, R. Gómez, P. Chiarante, M. Contreras, L. de Salvo, F. Moretti, entre otros, pertenecientes a oficios y gremios claves (metalúrgicos, vestido, carne, construcción, petrolero, calzado y ferroviario).

[3] Ver J. Cernadas, R. Pittaluga y H. Tarcus: “La historiografía sobre el Partido Comunista de la Argentina. Un estado de la cuestión”, en El Rodaballo, IV, 8, 1998; y D. Campione: “Los comunistas argentinos. Bases para la re-construcción de su historia”, en Periferias, I, 1, 1996.

[4] R. Puiggrós: Historia crítica de los partidos políticos argentinos (1956) y J. A. Ramos: El partido comunista en la política argentina (1962) fueron las obras paradigmáticas de esta visión.

[5] G. Germani: Política y sociedad en una época de transición. De la sociedad tradicional a la sociedad de masas. Bs. As., Paidós, 1962.

[6] C. Durruty: Clase obrera y peronismo. Bs. As., Pasado y Presente, 1969. M. Murmis y J. C. Portantiero: Estudios sobre los orígenes del peronismo. Bs. As., Siglo XXI, 1972. H. del Campo: Sindicalismo y peronismo. Los comienzos de un vínculo perdurable. Bs. As., CLACSO, 1983. J. C. Torre: La vieja guardia sindical y Perón. Sobre los orígenes del peronismo. Bs. As., Sudamericana, 1990.

[7] J. Aricó: “Los comunistas y el movimiento obrero”, en La Ciudad Futura, 4, 1987. Inicialmente, “Los comunistas en los años treinta”, en Controversia, 2-3, México, 1979.

[8] I. Cheresky: “Sindicatos y fuerzas políticas en la Argentina preperonista, 1930-1943”, en P. González Casanova: Historia del movimiento obrero en América latina, vol. 4. México, Siglo XXI, 1984. M. Rapoport: Los partidos de izquierda, el movimiento obrero y la política internacional (1930-1946). Bs. As., CEAL, 1988. J. Godio: El movimiento obrero argentino (1930-1943). Socialismo, comunismo y nacionalismo obrero. Bs. As., Legasa, 1989. H. Matsushita: Movimiento obrero argentino, 1930-1945. Sus proyecciones en los orígenes del peronismo. Bs. As., Hyspamérica, 1986. D. Tamarin: The Argentine Labor Movement, 1930-1945. A study in the origins of peronism. Albuquerque, U. of New Mexico Press, 1985. J. Horowitz: Argentine unions, the State & the rise of Peron, 1930-1945. Berkeley, U. of California, 1990.

[9] T. S. Di Tella: “La Unión Obrera Textil, 1930-1945”, en: Sindicatos como los de antes... Bs. As., Biblos, 1993. R. Elisalde: “Sindicatos en la etapa pre-peronista. De la huelga metalúrgica de 1942 a la creación de la UOM”, en Realidad Económica, 135, 1995. N. Iñigo Carrera: La estrategia de la clase obrera, 1936. Bs. As., La Rosa Blindada-PIMSA, 2000. M. Z. Lobato: La vida en las fábricas. Trabajo, protesta y política en una comunidad obrera, Berisso, 1904-1970. Bs.As., Prometeo/Entrepasados, 2001.

[10] Este material está conformado por una numerosa serie de volantes, proclamas y folletos, y dos centenares de colecciones de diarios, periódicos y revistas políticas, ideológicas, culturales, sindicales, de las células fabriles, femeninas, juveniles, infantiles, barriales, de grupos idiomáticos, de ligas y comités de solidaridad, de bibliotecas obreras y de agrupaciones deportivas, todos editados por el PC; documentación interna del partido (actas de reunión de sus direcciones, circulares con noticias partidarias, informes de sus congresos, e intercambio epistolar entre sus dirigentes y con miembros de la Comintern; publicaciones de las corrientes políticas y gremiales con las que el PC disputaba espacios en el movimiento obrero (socialistas, sindicalistas, anarquistas). El nuevo acceso a todo este vasto corpus de fuentes es posible por una convergencia de acontecimientos. En primer lugar, el Archivo Histórico del PC argentino fue recientemente reordenado y abierto a la consulta pública; el universo de este registro, sin embargo, es limitado, debido a las mutilaciones que sufrió durante la azarosa vida política de nuestro país. Estas importantes lagunas documentales pudieron ser compensadas con los papeles que se encontraban en la sede de la Comintern, en Moscú -- señalemos que era costumbre que los partidos comunistas enviaran allí una copia completa de su archivo --; en 1997, luego de la perestroika y la disolución de la URSS, esos materiales, muchos de los cuales resultaban inhallables en nuestro país, fueron microfilmados y traídos a la Biblioteca del Congreso de la Nación. Otro porcentaje, aún mayor, de fuentes fueron rescatadas, catalogadas y puestas a disposición por el Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en la Argentina, institución que abrió sus puertas en 1998. Por último, también resulta clave el acceso a la valiosa colección de prensa del movimiento obrero preperonista que T. Di Tella logró reunir en la Fundación Simón Rodríguez y en la UTDT.

[11] Informe de organización del Comité Local a la segunda conferencia de la Capital, agosto 1926.

[12] CC del PC de la Argentina: “Al CE del Komintern”, Buenos Aires, 28/04/27.

[13] Informe sobre la situación del PC argentino a la reunión del Secretariado Latinoamericano de la IC, octubre 1927.

[14] Idem.

[15] ¡Alerta! (“Comité de Barrio de Avellaneda”), I, 1, noviembre 1927.

[16] Informe de organización....

[17] Informe de organización....

[18] R. Hoggart: La cultura obrera en la sociedad de masas. México, Grijalbo, 1990, p. 79.

[19] El telar (“Organo de los obreros y obreras de la fábrica de tejidos de Cayetano Gerli”), I, 1, agosto 1927.

[20] Avanti! (“Organo de los obreros y obreras de la fábrica de cigarros Avanti”), I, 3, junio 1927.

[21] Cais (“Organo de los obreros de la casa de ascensores Stigler”), I, 1, octubre 1927.

[22] El Cromo Hojalatero (“Organo de los obreros del taller de Cromo-Hojalatería de Bunge & Born”). I, 3, mayo 1927.

[23] La Lanzadera (“Organo de los obreros y obreras de la Fábrica de tejidos Campomar y Soulas-Capital Federal”), I, 1, julio 1927. Vasena (“Organo de la Célula Comunista de los Talleres Metalúrgicos Vasena & Cia-San Martín”), I, 1, mayo 1927.

[24] D. Barrancos: Educación, cultura y trabajadores (1890-1930). Bs. As., CEAL, 1991; Idem: La escena iluminada. Ciencias para Trabajadores, 1890-1930. Bs. As., Plus Ultra, 1996.

[25] Boletín de la Federación Deportiva Obrera. I, 1, 24/10/25.

[26] La Internacional, VIII, 1018, 01/05/25.

[27] L. H. Gutiérrez y L. A. Romero: Sectores populares, cultura y política. Buenos Aires en la entreguerra. Bs. As., Sudamericana, 1995.



Fonte: Especial para Gramsci e o Brasil.

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