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Yo quería la luna

Pietro Ingrao - Setembro 2006
 

Yo quería la luna, ardientes vivencias y atormentados recuerdos que tejen la historia personal con la experiencia colectiva del comunismo italiano. Pietro Ingrao acaba de publicar con ese título sus esperadas memorias. Gabrielle Polo le entrevistó para Il Manifesto el pasado 9 de septiembre.

Mirar hacia atrás para reflexionar sobre una vida intensamente política, para contar las virtudes de un mundo, pero sobre todo, y sin piedad, los propios “pecados”, los errores. En una confesión pública que no busca absoluciones, sino razones, Pietro Ingrao envía a las librerías Volevo la luna (Einaudi): más que una autobiografía, la investigación de un recorrido en el que él mismo figura “como parte de un sujeto que se sentía protagonista del mundo y de su transformación”. El sujeto es el movimiento comunista o mejor, el comunismo italiano , que es el centro de toda la narración. Con sus problemas abiertos.

La reflexión autocrítica es el hilo conductor de tu libro. ¿Qué has querido transmitir con este trabajo?

La sensación, muy nítida, de una derrota de la que me convenzo a finales de los años 70, junto con la necesidad de reflexionar a fondo sobre nuestra historia y sobre la realidad, a fin de repensar nuestras categorías y reflexionar sobre el sujeto político. Tenemos que rediseñar nuestros “mapas”.

¿Quieres decir que sólo en la derrota se puede llegar a averiguar la verdad y a poder declararla?

Es una afirmación un poco tajante, aunque puede que para algunos sea así. Para mí se trataba de abrir camino a partir de la convicción nítida de una derrota concreta y dramática. Piensa qué golpe fue para nosotros la ocupación soviética de Praga en 1968, que ponía fin a un intento — apoyado por nosotros — de renovación democrática del socialismo. Todo nuestro mundo estaba en ebullición desde hacía tiempo y nosotros estábamos un tanto paralizados en la elaboración. Con el 68-69, sobre todo en Italia, se pone en discusión el concepto de representación — en lo que hace al sindicato, en los metalúrgicos el proceso llegó a ser arrollador —, y de ahí surge en mí una pregunta sobre la acción política en general. No sólo qué hace el Partido Comunista italiano, o qué es la Unión Soviética, sino qué es propiamente la política, y más profundamente, la convicción de que el sujeto revolucionario es, como escribo en el libro, “algo que se hace a partir de lo múltiple, el encuentro fluctuante de una pluralidad oprimida que construye y verifica su rostro en la lucha”. Es algo más que una crítica de izquierda del estalinismo.

El 68-69, sin embargo, parecía ofrecer una ocasión que no anunciaba derrota alguna. ¿Por qué no aprovechó el PCI esa “ocasión”, por qué, por ejemplo, no te impidió a ti las palabras son tuyas cometer un error grave como fue la expulsión del grupo de Il Manifesto? ¿Por qué prevaleció el principio de la fidelidad a la organización?

Porque yo no creo en el minoritarismo. Con los compañeros del Manifesto siempre hubo y hay una gran relación de solidaridad y amistad, pero no me pareció que fuera válida su propuesta de entonces sobre el asunto del sujeto político. Recuerdo las discusiones con ellos. Yo conocía bien el PCI, y les había dicho: “Os echarán”. Pero entrando más en harina, a mí no me resultaba clara su propuesta sobre el sujeto que había que poner por obra. Por lo demás, en lo que a mí hace, cometí el error grave y absurdo de votar a favor de su expulsión. Ese límite en la construcción del sujeto político lo he hallado luego en vosotros, los del Manifesto, incluida la experiencia que he vivido con vosotros en la Revista de los años 90. Un minoritarismo testimonial, que no me ha persuadido.

Entonces, tu autocrítica es esencialmente ética, como frente al pecado.

No, no hago valoraciones morales. Fue un doble error, el mío. El primero, sin duda, humano: abandonaba a mis amigos. Sobre todo la expulsión fue una decisión políticamente estúpida, no abría una discusión positiva, no hacía avanzar la conciencia común, valorando y comprendiendo las razones del desacuerdo en el propio campo. 

Pero hubo una gran discusión en el Partido Comunista, en todas las federaciones, las actas fueron publicadas...

Pero todo estaba fijado desde el comienzo, aquella discusión fue sólo una formalización de una decisión tomada de antemano. En cambio, habría que haber usado aquella fractura para hacer frente a la crisis del leninismo. Ése era el nudo que precisaba atención.

A propósito del leninismo, y seguimos en los párrafos dedicados al Manifesto, tu hablas de ajustar cuentas con su “doloroso traspaso”. Eso “doloroso” parece casi un lamento, que como si dijeras que hay que admitir aquella defunción, pero estamos en presencia de una ausencia de alternativas, ante un vacío.

Decir que no había alternativa es demasiado pobre, y a fin de cuentas, inútil: pero, sin duda, el filón del que nos habíamos nutrido había dejado de ser utilizable. Todos sabíamos que en la URSS no había ya interlocutores. Pero el vacío de que hablas es incluso más fuerte a falta de una reflexión sobre la necesidad de crear un nuevo sujeto que sea el fruto de la “multiplicidad” de que antes hablábamos.

Lo “múltiple” da un gran sentido a la democracia, no sólo como una serie de reglas a respetar, sino sobre todo como práctica, a partir del respeto del disenso. ¿Tan imposible era, antes de los 70, permitir la manifestación del desacuerdo fuera de los reducidos grupos dirigentes?

De hecho ha sido así. Quien disentía, lo pagaba duramente, con métodos policiales, incluso, sobre todo en la vieja guardia. Como escribo en mi libro, eran tiempos difíciles...

Tiempos difíciles, pero de gran “plenitud”. Hoy tal vez sean más fáciles, pero tal vez te resulten más “vacíos”.

La pregunta es provocativa, porque se podría acusar a un viejo como yo de nostalgia por la juventud perdida. Mas yo no quiero ocultar un gran hecho que ha marcado a Italia: nosotros hemos sido derrotados, pero hemos vivido una etapa extraordinaria de la que ha brotado una experiencia de millones de personas que han hecho política cambiando el país, democratizándolo. Y además, nuestro horizonte no se limitaba a Italia: éramos parte de un “mundo” y de una práctica colectiva encumbrada y vital en tantas partes del planeta. Cuando fui a Vietnam y bajé a las ciudades subterráneas construidas como refugio contra los bombardeos americanos, yo, en aquellas galerías obscuras, divididas por muros de fango, me sentía en un espacio abierto e iluminado por una lucha creativa. Hoy, a veces, el horizonte de la política me parece que se hecho más chico y más angosto.

Pero, entonces, el que te sigas llamando comunista todavía hoy, a pesar de la derrota, de los errores y de las autocríticas, ¿va más ligado a ese pasado que al hoy?

Nosotros, los de mi generación, no hemos salido a buscar la respuesta a la crisis indiscutible del leninismo-estalinismo. Y, sobre todo por eso, somos unos derrotados. Pero, por un lado, en este país ha habido millones de personas que han crecido, también culturalmente, en la lucha política, y que han sido una parte decisiva de la experiencia democrática italiana; por otro lado, hoy, vemos la reaparición apologética de la guerra como realidad acuciante y destructiva que se expande por el mundo, mientras que ha desaparecido del léxico la palabra desarme: ya no hay quien la pronuncie, ni siquiera vosotros en el Manifesto. ¿No te parecen buenos motivos para seguir llamándose comunista y para trabajar por la reconstrucción de un sujeto político a escala necesariamente internacional?

Perdona la digresión: tu has admitido en tu libro los errores cometidos respecto al grupo del Manifesto. ¿Qué errores comete hoy Il Manifesto en lo tocante a sus lectores y a la izquierda?  

Pero ¿por qué me haces esta pregunta?

Porque aquí tiene interés la opinión de un lector importante que ha sido, a su vez, director de un diario político [L'Unità].

Está bien. Digamos entonces que, a veces — perdona la impertinencia —, parecéis una secta aristocrática. Y lo digo con todo el afecto posible y el interés por lo que escribís.

Volvamos al libro, a su título, Yo quería la luna. ¿La ves más lejos o más cerca ahora esa luna, metáfora de un mundo distinto?

Te repito que este es un libro que cuenta una derrota...

Pero no crees que esta indagación tuya de toda una vida ha sido de uno u otro modo útil y fértil?

En lo que toca a los demás, no es a mí a quién compete decirlo. Para mí ha sido seguramente útil y fértil. La pasión política me ha hecho entender el mundo, y se convirtió en un pan necesario. La “luna” me parece ahora un poco más lejos: no respecto del inicio de mi travesía, sino que en los últimos años me parece haberse alejado un tantito. Yo llegué a la política por el impulso de una necesidad. Como tantos otros de mi generación y de mi extracción social, habría querido hacer otras cosas: dedicarme al cine, por ejemplo. Luego me vi empujado por los acontecimientos, a puntapiés; y la Guerra Civil española fue el momento clave que me llevó al compromiso con la lucha política. Allí empecé un camino que me ha llenado de cosas extraordinarias, que me hizo salir de la cáscara del individualismo y entrar en comunicación con millones de seres humanos. Esa ha sido la experiencia de los comunistas italianos. Pero ha entrado en crisis la forma históricamente recibida del sujeto político. Eso me resulta hoy grave, doloroso incluso, porque no veo una respuesta a la altura de los acontecimientos que han ido entretanto madurando. Mi generación ha pagado el precio de una forma restrictiva de multiplicidad (¿te acuerdas de lo que te decía hace un rato?) del actor político. Aquí está el enorme, extraordinario campo de la innovación. El sentido de mi libro, en resolución, se reduce por entero a proporcionar mi pequeño razonamiento a favor de esa gran y nueva investigación.



Fonte: Especial para Gramsci e o Brasil.

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