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Conversación sobre Chile con Antonio Cortés Terzi

Fernando de la Cuadra - Dezembro 2008
 

Antonio Cortés Terzi, sociólogo y cientista político chileno, formado en la Universidad de Concepción, actualmente es consultor político de los gobiernos de la Concertación, director ejecutivo del Centro de Estudios Sociales Avance y editor político del sitio Asuntos Públicos del Centro de Estudios del Desarrollo.

Entre sus publicaciones más importantes se pueden mencionar: Gramsci: Teoría política. Ensayo de interpretación y divulgación. Santiago de Chile, América Latina Libros, 1989; Salvador Allende y el allendismo posible. Buenos Aires, Grupo de Estudios de América Latina (GEAL), 1987; y El circuito extrainstitucional del poder. Santiago, Ediciones Chile-América, CESOC, 2000.

En esta entrevista concedida para Gramsci e o Brasil, Cortés Terzi hizo un balance de lo sucedido el año que termina y sus decurrentes perspectivas para el año que se avecina, para finalizar con un lúcido análisis sobre el futuro de la Concertación, coalición de gobierno formada por DC (Democracia Cristiana), PS (Partido Socialista), PPD (Partido por la Democracia) y PRSD (Partido Radical Social Demócrata). La entrevista fue realizada por Fernando de la Cuadra.

[Véase también Conversación sobre Chile con Tomás Moulian e Conversación sobre Chile con Jorge Arrate]

En este año que culmina, el gobierno tuvo que enfrentar innumerables huelgas y movilizaciones de diversos sectores sociales, como, por ejemplo, una retomada de la rebelión de los pingüinos, de los profesores, de los empleados públicos, del sector salud (médicos y profesionales paramédicos), de los deudores hipotecarios, de las comunidades Mapuche, de los trabajadores del cobre, de las salmoneras, etc. En términos globales, ¿como evalúas la respuesta de las autoridades frente a la emergencia del conflicto social en el Chile actual?

Primero, una apreciación general: en Chile todavía sigue siendo comparativa y relativamente baja la conflictividad social abierta, o sea, expresada en huelgas, marchas, etc. Lo que de por sí no es un dato enteramente positivo. Porque si bien ello puede deberse a una situación económica más o menos estable y a políticas sociales que atienden a sectores carenciados, también se debe a la poca sindicalización, a prácticas anti-sindicales y a cierta atmósfera auto inhibitoria o auto represiva que pervive en el mundo laboral. En tal sentido, el nivel de conflictividad presente en el año que termina no podría considerarse muy fuera de ese marco grueso.

Ahora, en general, queda la impresión que al gobierno le ha costado asumir la conflictividad social como fenómeno normal y propio de una democracia y, incluso, como una mecánica que, a veces, ayudaría al desarrollo de sus planes de progreso social. Los muchos años post dictadura en los que predominó la “ideología” de la gobernabilidad, que sublimaba la “paz social”, han dejado su huella en la “culturización” de sectores de las autoridades, y ello se refleja en incomodidades y hasta en ineptitudes para enfrentar situaciones de esa naturaleza.

No obstante, existe una mejoría en esa materia, pero que no es homogénea en los cuerpos de gobierno. Y eso se ha hecho ver este año en los conflictos, particularmente en un aspecto: en la falta de un diseño claro y único para abordarlos.

Todos o casi todos los expertos comparten que esa falta de diseño ha sido la causa por la que muchos conflictos se prolongan mucho más allá de lo preciso. El gobierno paga más costos de lo necesario, dado que no posee un esquema eficiente de diálogo y negociación con el mundo social.

En el fondo, aquí existe un problema más complejo y que en pocas palabras consiste en las dificultades que se les plantean a las fuerzas progresistas — cuando son gobierno — para definir las relaciones con los universos masivos.

En gran medida, en Chile ese problema se acentúa por la gran absorción que ha hecho el gobierno del personal de los partidos y que se ha traducido en incapacidades de éstos para desenvolverse en los espacios sociales y para desempeñar funciones de “intermediación” entre “sociedad civil” y “sociedad política”.

Estableciendo un poco más de distancia cronológica y analítica con respecto de las elecciones municipales de octubre y, por tanto, alejados de la reacción de euforia triunfalista de la derecha y de cierto pesimismo concertacionista, ¿qué lecturas se pueden realizar y que conclusiones, a tu parecer, se pueden extraer de los resultados de esa contienda electoral?

Desde un punto de vista puramente cuantitativo, el primer dato a tener en cuenta es que los resultados (en votación de concejales) de la última elección indican que la suma de votos de la Concertación y de la llamada “izquierda extraparlamentaria” configura mayoría absoluta. Es decir, reproduciría el cuadro de fuerzas electorales que le ha permitido ganar a la Concertación en segunda vuelta en las dos últimas elecciones presidenciales.

Pero, enseguida hay que prestar atención a lo siguiente: en la elección de alcaldes la derecha obtuvo más votos que la Concertación y la izquierda extraparlamentaria juntas, aunque sin alcanzar mayoría absoluta.

En lo medular esa situación se explica por la gran dispersión de listas y candidaturas que participaron en la elección de alcaldes, dispersión que, en lo grueso, se originó en grupos y personalidades escindidas de la Concertación.

Más allá de estos datos, tal vez, una de las consecuencias más importantes de los resultados es que, en la opinión pública, quedó la percepción de que la Concertación había perdido, pese a que — como dije — en la votación por concejales la Concertación está a 10 puntos por encima de la derecha.

Sin embargo, viendo las cifras desde otra perspectiva, la ciudadanía no está tan sesgada en su apreciación. En la realidad, los resultados señalados se agregan a otros elementos que indican que nunca antes la derecha había tenido un escenario tan favorable para las elecciones presidenciales como el actual: su candidato es el mejor posicionado en las encuestas y muy por arriba de sus posibles competidores, los dos partidos de la derecha dan mucho mejores señales de unidad que los cuatro partidos que integran la Concertación; es la derecha la que tiene el mayor número de alcaldes y, además, instalados en la mayoría de las grandes ciudades, etc.

En otras palabras, el principal efecto de los resultados electorales ha estado en el plano político cualitativo. Jamás había ocurrido que, a un año de la presidencial, la Concertación no tuviera precandidatos fuertes, estuviera tan conflictuada como lo está ahora y con un desánimo masivo que no mejora. Es decir, es mucho lo que tiene que revertir en el curso de la campaña que recién empezará después del 26 de abril, día fijado para la realización de la primaria que definiría al candidato único.

Este cuadro ha engendrado otro peor. Es innegable que en todos los partidos concertacionistas hay sectores que visualizan como insuperables las dificultades para ganar la presidencial y, por lo mismo, buscan privilegiar las campañas parlamentarias (son simultáneas).

La semana pasada el ex Presidente Ricardo Lagos abandonó la carrera presidencial. En la ocasión, afirmaste en declaraciones a un diario (El Mercurio) que el Partido Socialista podría apoyar la candidatura de Eduardo Frei sin necesidad de realizar primarias al interior del conglomerado. ¿Crees realmente que el Partido Socialista puede renunciar a la posibilidad de levantar la candidatura de José Miguel Insulza como una figura que representa las ideas del progresismo dentro de la coalición?

Las declaraciones a las que te refieres no recogieron toda mi argumentación. Lo que sostuve y sostengo es que, si el PPD no apoya a José Miguel Insulza y levanta candidato propio o apoya a Frei, y si se considera que ya el PRSD ha definido llevar candidato propio, entonces estaríamos en presencia a mi juicio de una operación anti Insulza y anti PS, pues en esas condiciones no tiene posibilidades de vencer a Frei. A su vez, unas primarias con cuatro candidatos serían un desastre político con secuelas inimaginables hoy. Ante ese eventual desastre, es preferible mil veces pactar con la DC para ungir a Frei.

Respecto de la otra pregunta debo confesarte que en esas materias tengo una opinión discrepante y un tanto aislada. No creo, a diferencia de la mayoría de políticos e intelectuales concertacionistas, en la existencia de un bloque progresista y otro de “centro” dentro de la Concertación, representados respectivamente por el PS-PPD-PRSD y por el PDC.

Los ejes verdaderamente diferenciadores que cruzan hoy a la Concertación son de naturaleza distinta a la tradicional. Las discusiones y polémicas sobre el progresismo creo que van más por cosas, como las que siguen: ¿el progresismo de hoy implica más Estado o más sociedad? ¿Crecimiento económico y modernización son o no son temas prioritarios para el progresismo? ¿Cuál es, en la actualidad, la relación progresista entre política y tecno-política? ¿Cómo el progresismo moderno mejora la distribución del ingreso: sólo con políticas sociales, subsidios, impuestos o también con fortalecimiento de la capacidad movilizadora de la sociedad? ¿Cuál o cuáles son los actores sociales que el progresismo prioriza como “aliados”: los “ciudadanos-consumidores” o los conjuntos estructuralmente agrupados?, etc.

Bajo esta óptica lo que se devela es que en todos los partidos hay definiciones o indefiniciones acerca del ser y deber ser progresista en la modernidad. Por lo mismo, sería injusto situar a la DC, como totalidad, fuera del progresismo. Como tampoco sería exacto considerar que una dimensión moderna del progresismo está instalada homogéneamente en el bloque supuestamente “socialdemócrata” de la Concertación. Más aún, mi opinión es que establecer esos distingos fomentan divisiones artificiales y obstaculizan que la Concertación como tal avance en su reconstrucción político-cultural de centro-izquierda moderna.

Planteado en otros términos: ¿No será precisamente éste el momento más adecuado para pensar en un candidato que pueda profundizar algunas reformas políticas inconclusas del gobierno Bachelet, como, por ejemplo, la convocación a una Asamblea Constituyente y el fin del sistema binominal? Lo anterior nos sugiere también la siguiente interrogante. En este momento, ¿existen diferencias sustanciales entre Frei e Insulza?

Partamos por esto último. Hasta ahora José Miguel Insulza ha hecho pocos pronunciamientos programáticos, en cambio Frei ya ha planteado varios tópicos. Eso establece una dificultad para comparar los lineamientos de cada quien. Pero, sin olvidar esa disparidad de pronunciamientos, lo que se percibe es que no existirían por el momento diferencias sustantivas.

Por otra parte, lo que debe tenerse siempre presente es que al final de cuentas lo que se está definiendo es el candidato único de la Concertación y no el candidato particular de un partido o de un sector. Por consiguiente, quienquiera que sea el candidato va a representar el progresismo que identifica al conjunto a través de un programa que recoja el pluralismo de la coalición. Es cierto que el candidato, dentro del marco programático acordado, tiene espacios para enfatizar posiciones propias. Pero no creo que existan grandes distancias entre los pensamientos gruesos de Frei e Insulza.

Respecto de si éste es el momento “más adecuado” para levantar propuestas de reformas políticas significativas, como las que mencionas, tengo muchas dudas. Incluso me causa preocupación una tendencia más o menos generalizada que piensa en radicalizar o izquierdizar la Concertación como recurso para reponer su liderazgo y popularidad.

La declinación de la Concertación en popularidad y votos no está por el lado de la izquierda. O mejor dicho, lo que pierde por ese lado lo recupera el PC y la izquierda extraparlamentaria, lo que finalmente se suma en las elecciones presidenciales en las segundas vueltas.

El debilitamiento electoral y social se genera por pérdidas que se dan en el centro y en un electorado relativamente precario. Si esto es así, la “izquierdización”, particularmente referida al ámbito de las reformas políticas, no sería un aporte sino más bien podría ser hasta contraproducente. El voto precario no se conmueve con ofertas de transformaciones políticas, sino con ofertas que satisfagan sus demandas de mejor incorporación al consumo moderno. Y el votante del centro vacilante se asusta con la perspectiva de cambios políticos en un país de baja conflictividad. Además, hay que recordar que la campaña electoral se desenvolverá en escenarios en los cuáles — dicen los pronósticos — el gran tema nacional será la crisis económica y su manejo. Escenario que, indudablemente, no es el más apto para radicalizar los aspectos político-programáticos.

Las reformas políticas democratizadoras tienen un sólo aspecto claramente positivo que es el de responder a una inquietud real de las mayorías partidarias de la Concertación y de la izquierda extraparlamentaria. Es decir, desempeñarían un papel de aglutinamiento de las fuerzas políticas de izquierda y progresistas. Pero, insisto, no son un punto importante y decisivo en la agenda del electorado masivo.

¿Como evalúas la candidatura de Jorge Arrate que ha levantado las banderas del socialismo democrático de Allende (Allende presente, Arrate presidente!!), como una alternativa de izquierda dentro del propio Partido Socialista?

Creo que en lo esencial refleja las inquietudes, vacíos y búsquedas por las que atraviesa el socialismo y el progresismo chileno después de dieciocho años de gobernar un sólido capitalismo. Sin embargo, creo, a su vez, que es una respuesta o un esbozo de respuesta atávica y regresiva que recoge o intenta recoger muchas de las insatisfacciones y criticas que ha venido acumulando la Concertación y sus gobiernos, pero que no encuentran más respaldo político y social que en grupos marginados o automarginados de los sistemas de influencia y poder que, hoy por hoy, configuran un sistema cerrado de toma de decisiones.

Arrate y su proyecto, en mi opinión, ni siquiera tienen viabilidad como una alternativa en perspectivas de desarrollo hacia el futuro, porque, en lo medular, su discursividad y sus equipos tienden a reproducir marginalidad. Por otra parte, sus pocas perspectivas también son visualizables porque al interior del PS — y ya está probado — casi no gravitan y porque una alternativa de ese corte tiene naturalmente asidero mayor y mejor en el PC.

En un artículo reciente titulado “Ventajas programáticas de la derecha” que ha sido publicado en el sitio Asuntos Públicos, me quedó poco clara tu exaltación de las ventajas que poseería la derecha para llevar a buen puerto (léase la presidencia de Chile) la candidatura de su abanderado Sebastián Piñera. ¿Se puede entender que las motivaciones que te llevaron a escribir esta especie de panegírico de la derecha son, en verdad, una advertencia o alerta para los sectores más autocomplacientes de la Concertación y del Gobierno? Sin embargo, un lector desinformado o desatento podría perfectamente pensar que este texto fue escrito por un “intelectual orgánico” vinculado al Instituto Libertad o algún otro think tank de la derecha. Por lo mismo, me gustaría preguntarte, ¿Qué reales motivaciones te llevaron a escribir este artículo un tanto perturbador que, a mi entender, trasunta una atmósfera de derrota anticipada?

Adivinaste que ese artículo es muy intencionadamente provocador y “sesgadamente” orientado a intentar producir reacciones. Te anticipo que entre las motivaciones no está la de pretender ser reclutado por algunos de los grandes think tanks de la derecha.

Una primera motivación es genérica: al menos en Chile hay una actitud muy extendida entre políticos e intelectuales de izquierda de menosprecio hacia la calidad de los pensamientos de derecha. Actitud que no sólo no comparto, sino que, además, la considero peligrosa y falsa. Falsa, porque la derecha chilena tiene una buena intelectualidad que ha estado un tanto al margen de la política, pero que Piñera ha ido incorporando a su campaña. Y peligrosa, en primer lugar, porque ese menosprecio desarma o minimiza el papel de la pugna intelectual con el adversario y, en segundo lugar, porque da luces acerca del desconocimiento de las realidades nacionales.

Aunque parezca una grosería, la derecha chilena es “gramsciana”, en el sentido que le asigna un rol fundamental a lo político-cultural y a la organización de las funciones intelectuales. Es una derecha con una enorme capacidad de competencia en el plano de la hegemonía cultural, al punto que no sólo ha instalado popularmente muchas de sus visiones, sino que ha permeado a la izquierda y al progresismo con varias de sus ideas y conceptos. Es más: a través de sus universidades ha cooptado a un buen número de conocidos intelectuales progresistas.

Y una segunda motivación, vinculada a la anterior pero de origen más contingente, se encuentra en lo siguiente: a propósito de la crisis económica mundial y a propósito de la elección de Obama como Presidente de los EEUU, se ha incubado en Chile el supuesto de que el capitalismo y el neoliberalismo tienen sus días contados y que lo que se viene es una suerte de gran reconversión socialdemócrata de la política universal. Tampoco creo aquello.

Esa ilusión se traduce, en la política práctica, en la descalificación de las potencialidades presidenciales de Piñera, toda vez que su programa quedaría obsoleto por el hipotético cambio que se avecina y por el supuesto desprestigio que le acarrearía el ser un empresario “especulador” y rentista.

Sin duda que ahí hay una debilidad de Piñera, pero de ninguna manera significa que sea programáticamente “ninguneable”.

Por otra parte estoy convencido que la sociedad chilena es muy sensible a la oferta del crecimiento económico y de acentuación de las modernizaciones (tanto más en momentos de crisis), y esas son cuestiones que Piñera y la derecha levantan con claridad, mientras que la Concertación se enreda con ellas.

Finalmente, también me asiste el convencimiento que estos retornos a una suerte de keynesianismo o neokeynesianismo en la economía mundial son pasajeros. Son como antibióticos o cirurgías que se aplican o usan ante emergencias críticas, pero que se abandonan una vez que la enfermedad termina.

Resuelto lo peor de la crisis, pienso que se volverá a los parangones que han regido la globalización y la modernidad capitalista, aunque probablemente con un fortalecimiento de las miradas y movimientos críticos.

Por último, ¿que crees necesita la Concertación para recuperar la mística, la coherencia interna y reencantar a los chilenos en torno a un nuevo proyecto que nos permita perseverar en la idea de que es posible construir un país más solidario, justo y democrático?

Permíteme una reflexión previa: las únicas fuerzas capaces de conducir exitosamente el proceso electoral del próximo año son aquéllas que provienen de la tradición concertacionista, simplemente porque los ímpetus renovadores o refundacionales no poseen ni liderazgos potentes, ni estructuraciones sólidas ni discursos uniformes, etc., y tampoco los tiempos alcanzan para superar esas carencias. Es decir, va a ser una campaña con una contradicción intrínseca e insalvable: la demanda dominante será la promoción de un gran cambio al seno de la Concertación, pero la impronta y la dirección de la campaña estarán en manos del “conservadurismo”.

Claro, ese “conservadurismo” podrá remozarse, maquillarse y adoptar gestos innovadores, pero en esencia seguirá siendo “conservadurismo”, o sea, política, programática y discursivamente con altas dosis de inercia.

Cualquiera podría preguntarse, pero si es así, ¿por qué podría ganar la Concertación? Ante que todo, porque el padrón electoral, el electorado efectivo es “conservador” (sólo el 8% de él son jóvenes), en el sentido que es virtualmente el mismo que ha favorecido a la Concertación desde 1988. Y luego, porque dentro de ese padrón las franjas titubeantes son proclives a la “prudencia” y a las seguridades.

Yendo al fondo de la pregunta, que, por cierto, es harto compleja, te diría que este es un tema que está asociado a lo que, creo, es una crisis mundial e histórica del pensamiento y de la política de la izquierda moderna.

Las izquierdas en el mundo no han resuelto teóricamente sus diagnósticos sobre el neo-capitalismno y su relación respecto del mismo. Por consiguiente, mi opinión es que tanto la izquierda en general como la chilena, en particular, están forzadas a un proceso reconstructivo de largo aliento, pues implica reconstrucciones teóricas, políticas, programáticas, etc.

En el caso del socialismo chileno la situación es más dramática, porque casi veinte años de gobierno han comprometido en demasía su alma con el estatus. Por eso, por ese compromiso fáctico es que no soy optimista respecto del futuro inmediato de las perspectivas del socialismo y de la izquierda como nuevo “mito” masivo.

El único sentido histórico que tiene la Concertación hoy es impedir que la derecha gobierne, porque ello implicaría un retorno hacia una suerte de sociedad “neo-oligárquica”, o sea, una sociedad con un predominio abrumante del poder de la derecha y el conservadurismo.

Pero esa condición, casi puramente contestaría o resistente, no da como para que la sociedad, o parte de ella, la perciba como fuerza representativa de un nuevo “mito” histórico. Aunque en la práctica, en la realidad, lo es.

En este orden de ideas, presiento que la recuperación de la Concertación, como “mito” social y político-utópico, pasará por su propia autodestrucción o extinción como alianza tradicional de la centro-izquierda y por un proceso largo de reconstrucción de una contra-cultura de centro-izquierda (o sea, político-racionalmente crítica de lo sistémico) que le permita reconcursar por los liderazgos discursivos en la sociedad civil, para, desde allí, relegitimarse como alternativa genéricamente representativa de lo popular-moderno y del progresismo social.



Fonte: Especial para Gramsci e o Brasil.

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